Mongolia, al fin.

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Entré a Mongolia desde Xinjiang, en China, por una de las fronteras menos transitadas en las que nunca he estado. Fue un trayecto francamente agotador, pues tuve que tomar un bus nocturno desde Ürümqi hasta Qingue, después esperar unas horas en una estación de autobús desangelada y, sin desayunar (recordemos el drama de los desayunos en China), tomar otro autobús hasta Takashiken. Desde allí, luchando un poco con el idioma, logré que un taxista me llevara hasta la frontera, que crucé a pie entre camiones chinos. Ya estaba al fin en Mongolia, pero al otro lado, tal y como esperaba, no había más que la misma estepa vacía que llevaba horas recorriendo. Eso y un grupo de personas que esperaban bajo el sol a que se llenase una destartalada furgoneta. (Seguramente aún están allí.) Al final, cansado de esperar, acabé subiéndome en un coche compartido con una mujeres tan cargadas que tuve que llevar alguna de sus bolsas entre las piernas.

De esta manera, después de una hora y media más, llegué a Bulgan, el primer pueblo mongol. Es posible, eso sí, que la palabra pueblo resulte un término grandilocuente para definir ese lugar, ya que Bulgán no es mucho más que unas casas y algunos gert (que es como se llama a las yurtas en mongol) esparcidas alrededor de una carretera que, dada su afluencia de tráfico, no creo que tenga una elevada tasa de siniestralidad. Recuerdo que en aquellas calles vacías solo encontré un chaval montando en bici, una plaza polvorienta y una especie de milanos que parecían acecharme sobre los postes de la luz. Por mucho que lo intento no me viene a la cabeza nada más que aquellas aves de mal agüero observando mis movimientos.

Después de tan largo viaje, y ante las dificultades de transporte que siempre hay en Mongolia, decidí quedarme una noche en Bulgan y seguir mi viaje al día siguiente. Apenas había dos o tres hoteles allí, sitios que en cualquier caso no estaban pensados para los turistas sino para mongoles o chinos en tránsito. Me quedé en uno cualquiera, y resultó ser, como sospechaba, un lugar caro y cutre, una característica bastante habitual en los alojamientos mongoles. La habitación no tenía mucho más que un par de camas con colchas rosas, un televisor que no encendí y un hervidor de agua. Por no tener no tenía ni siquiera luz, pues en la lampara del techo no había ninguna bombilla. Cuando se lo expliqué por signos a la chica de recepción, esta decidió que lo más sensato era cambiarme de habitación en lugar de ponerle una bombilla nueva. Mi nuevo cuarto sí tenía luz, pero en contrapartida daba la sensación de que no lo habían limpiado después de su último huésped y había algunas colillas en el baño. Aunque tal vez lo más molesto era que el desagüe de la pila no tenía tuberías y cada vez que te lavabas las manos el agua iba directamente al suelo, inundándolo. Me preguntó si aún seguirá encharcado. Estoy casi seguro de que sí.

La historia que os quiero contar comienza de esta manera en este lugar desabrido, mientras me encontraba a punto de empezar a comer unos noodles en los que consistía mi cena (tal y como fui descubriendo, en Mongolia los restaurantes (de haberlos) cierran pronto, así que para cenar a veces tienes que echar mano de las poquísimas cosas que puedes encontrar en los supermercados). Fue entonces cuando llamaron a la puerta, y al abrirla, algo contrariado, me encontré con un chico que olía a cordero rancio, un aroma que, junto al de la leche (rancia también) es bastante común en el país. A pesar de no compartir ningún idioma, el chico quería hablar conmigo, así que le invité a entrar a la habitación, y poco a poco logré entender que lo que quería era llevarme al día siguiente a la ciudad más cercana, Khovd*. Viendo que me encontraba en uno de los lugares más remotos donde nunca había estado, la idea no me parecía tan mala, así que saqué la libreta y le dije que escribiera cuánto me pedía por el viaje. El chico estuvo pensándolo un rato y al final acabó escribiendo 450.000 tugrik. Yo no soy muy rápido calculando, así que tuve que hacer la cuenta varias veces para cerciorarme de que efectivamente me estaba pidiendo 200 euros por un viaje de seis horas. Casi que para eso me iba en avión, le traté de explicar dibujando un aeroplano que no me quedó nada mal. Yo quería echarle para seguir dando cuenta de mis tristes tallarines de sobre, pero él se quedó mirando la cifra muy concentrado hasta que al final le quitó un cero y me mostró el cuaderno con una enorme sonrisa. Bueno, 20 euros ya me parecía mucho mejor por llevarme a mi solo en coche, pero como todo aquello no me parecía muy fiable, le pregunté si estaba seguro subrayando la cifra con el boli. Sí, sí, segurísimo. Pues entonces perfecto, ¿no? ¿Y a qué hora sería esto?, le pregunté, y él me escribió que a las 7.00 de la mañana. Aunque la idea de madrugar nuevamente después de un día entero viajando no era demasiado cautivadora para mí, le dije que sí pues aún no entendía muy bien los horarios de Mongolia**. Así que nos dimos la mano para sellar el trato y se marchó muy contento.

Al día siguiente me levanté muy pronto. Me duché como pude y desayuné algún alimento deprimente que por fortuna he olvidado. Al mirarme al espejo me encontré con que a mi rostro le habían salido unas ojeras oscuras e hinchadas que me daban un aspecto algo senil. Siempre había pensado que viajar y salir de la rutina detendría algo el envejecimiento, pero de pronto tomé conciencia de que, a pesar de mis fantasías, viajar por Asia Central no era como hacerlo en el espacio a la velocidad de la luz. A pesar de haberme librado durante meses del cansancio de la rutina, lo cierto es que los kilómetros, las incomodidades y la falta de variedad en la alimentación empezaban a pasarme factura. En cualquier caso, tratando de no pensar demasiado en el paso del tiempo, preparé la mochila y, ya dispuesto para el viaje, salí a la calle a las 7.10a.m. Como era de esperar el chico no estaba. Ni él ni nadie. A esas horas tan tempranas Bulgan parecía una ciudad fantasma, lo que era más que normal ya que en Mongolia es difícil encontrar algo abierto antes de las 11 de la mañana. Esperé veinte minutos, media hora. Estaba claro que no iba a venir.

Enfadado y somnoliento, volví a entrar en el hotel y descubrí que curiosamente la chica de la recepción sí que estaba despierta. A pesar de mi azoramiento le expliqué como pude mis problemas ayudado una vez más por mi libreta. Como el chico me había dado su teléfono, le pedí que lo llamara, lo que hizo dos veces. Según me dijo tenía el móvil apagado y era imposible contactar con él.

Viendo que a esas horas no iba a encontrar ningún otro medio de transporte, me volví a la habitación para al menos descansar un poco. Tardé un buen rato en dormirme y en cuanto lo conseguí llamaron otra vez a la puerta. Era, como no podía ser de otra manera, mi amigo el “taxista”, pero en esta ocasión estaba acompañado de una mujer de aspecto más que inquietante. Con la cara quemada por el sol y una altura superior a la media mongola***, aquella chica tenía las espaldas de un levantador de peso y la barriga de Homer Simpson. Sin embargo, lo más perturbador eran sus enormes pechos colganderos. Nunca sonreía, pero la verdad es que se la veía con más luces que el chico y fue ella la que habló conmigo a partir de ahora. Aunque hablar tampoco es la palabra más adecuada.

A pesar de el temor que me inspiraba aquel ser andrógino, invité a la pareja a entrar en la habitación no sin antes hacer patente mi enfado. A buenas horas mangas verdes, me habría gustado decirles. El tipo se justificó diciendo que estaba durmiendo, lo que tal vez sea una excusa válida en Mongolia pero que a mí me dejaba indiferente. En cualquier caso, lo que realmente me acabó de mosquear fue que sacaron un papel y un boli y volvimos a hablar de dinero. De repente, sin saber por qué, el precio del trayecto había mutado a 350.000 tugrik. Yo les enseñé el cuaderno en el que el chico había anotado el día anterior 40.000, pero no le dieron ninguna importancia. Por sus cojones, el precio ahora eran 350.000, casi 160€. Y no resultaba negociable. Así que, enfadado de verdad, les dije que me dejaran en paz, sintiendo un inmenso alivio cuando aquel corpulento hombre/mujer y su oloroso compañero dejaron de una vez la habitación.

Historias así me sucedieron a menudo, pero tal vez esta, al ser la primera y encontrarme tan cansado, fue la que más me afectó. Aquella mañana, mirando Bulgan y la estepa que lo rodeaba a través de las ventanas de aquel hotelucho, me sentí desamparado. Y no era solo por las dificultades del viaje y la carencia generalizada. Sobre todo era porque en aquel momento sentí que había llegado a un lugar donde una cierta cultura (o al menos esos lugares comunes que permiten la comunicación) había dejado de existir. Si quería viajar hacia el origen del mundo y descender los escalones de la civilización, lo estaba consiguiendo de veras.

Mongolia, o al menos la parte de Mongolia que yo visité, es un país que no solo carece de ciudades e infraestructuras mínimas sino también, lo que es más importante, de marcas. En la estepa interminable mi mirada no tenía ningún lugar donde fijarse, y sentía la necesidad  de tener estímulos en un ambiente que, apartándome constantemente de cualquier distracción, me enfrentaba una y otra vez a mis pensamientos. Quería moverme y no había ningún sitio donde ir. Quería comunicarme, pero solo tenía mi cuaderno. Estaba solo en un inmenso espacio sin memoria, inmóvil en un tiempo que parecía no tener principio ni final. Me sentía absolutamente al margen, lejos de todo menos de mí mismo. Pero quién sabe. Tal vez era precisamente aquello lo que había estado buscando con tanto ahínco durante meses. (continuará)

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Y así pasaron horas, días, semanas.

*Departiremos sobre el concepto de ciudad mongola más adelante.

**Nunca he logrado entenderlos. Os lo confieso. Pero una cosa sí sé: los medios de transporte no salen nunca por la mañana.

***Llevo toda la entrada mordiéndome la lengua para no decir mongolo o, lo que es aún peor, mongolito. Para mis lectores latinoamericanos, en España llamamos mongolos/as a los afectados por el síndrome de down. No sé si es cruel o racista. Probablemente las dos cosas. En cualquier caso tengo la necesidad decirlo de una vez. ¡Mongolo! ¡Mongola! ¡Mongolitos todos! Ay, que a gusto da a veces no ser políticamente correcto.

 

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2 respuestas

  1. Entre tu experiencia mongola y la experiencia kantiana de pasear sesenta minutos diarios, siempre a la misma hora (a las 17) y haciendo siempre el mismo recorrido, ninguna duda al respecto. Kantiano antes que mongol con los ojos cerrados.

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