Andar, una filosofía.

periferia
Cada cierto tiempo perdemos el norte. Nos enredamos en pensamientos y acciones, nos dispersamos y nos cansamos inútilmente en el metro, en la cinta de correr, delante del ordenador. Saturados de colores y melodías, saboreando platos siempre nuevos, sustituimos la percepción por una excitación nerviosa y creemos que solo seremos felices si logramos un objetivo que, de alcanzar, nos dejará igualmente insatisfechos. Con demasiada facilidad confundimos la realidad con las imágenes que nos rodean, así que, al menos para contrastar, creo que de vez en cuando hay que darse un tono o, al menos, tal y como decía Neruda, un baño de tumba. También recomendaría, sobre todo después de leer Andar, una filosofía de Fréderic Gros, darse un paseo sin prisa ni pretensiones deportivas, únicamente para, a través del cansancio, dejar de pensar y ser solo ritmo y repetición, una sucesión de pasos.

Ya, ya sé que todo esto suena muy mindfullness y tal, pero lo cierto es que este libro que llegó a mis manos por casualidad me ha hecho volver a valorar los paseos como la esencia de todo tipo de viaje. También, o al menos eso es lo que me parece, a recuperar un misticismo juvenil que pensaba que había perdido para siempre. Porque antes de viajar leía novelas de aventuras y caminaba por la periferia madrileña con mi perro Osco (un Rottweiler bonachón al que nunca dejaré de echar de menos). Allí, en los descampados que una vez fueron tierras de labor y pastoreo y que entonces comenzaban ya a estar apuntalados por autopistas, centros comerciales y torres de electricidad, buscaba alguna clave que me ayudara a descifrar mi propia historia. Al fin y al cabo debía de proceder de alguno de aquellos lugares que me rodeaban y aquel paisaje, un excedente de tierra amenazado por un crecimiento urbano que tendía a igualarlo todo, parecía el único que conservaba algún tipo de marca, de memoria.

En los años posteriores he viajado mucho y he vivido en ciudades que ni siquiera imaginé que pudiera visitar. Me he ido alejando de aquellos descampados que, sin embargo, siempre han seguido siendo el primero y más significativo de todos los paisajes que he conocido. Porque tal y como nos indica Gros cuando nos habla de Thoreau y su renuncia al mundo en busca de la frugalidad y la sencillez, a veces nos olvidamos que no hace falta caminar demasiado lejos en nuestros viajes. “El verdadero sentido de la marcha no es ir hacia la alteridad (otros mundos, otros rostros, otras culturas, otras civilizaciones), sino estar al margen de los mundos civilizados, sean los que sean. Caminar es ponerse a un lado: al margen de los que trabajan, al margen de las carreteras de alta velocidad, al margen de los productores de provecho y de miseria, de los explotadores y de los laboriosos, al margen de la gente seria que siempre tiene algo mejor que hacer que acoger el tenue resplandor del sol en invierno o el frescor de la brisa en primavera”. Y fue precisamente este espacio apartado desde el que podía ser yo mismo, sin las máscaras y las obligaciones que te impone la sociedad, el que encontré paseando junto a mi perro por aquellos (a su manera) bellos espacios cuyo destino consistía en ser invadidos por nuevos carcinomas urbanos.

Ahora mi perro no está y camino casi siempre solo y, dado que por el momento vivo en el centro de la ciudad, raras veces lo hago por aquellos lugares a medio camino entre lo rural y lo urbano tan típicos de las periferias. Es posible que, aún así, siga sintiendo que no acabo de encajar allí donde me encuentro, y esa puede ser la razón por la que aún sigo teniendo unas ganas inmensas de ponerme andar y cruzar Madrid y sus montañas, de seguir por las místicas estepas castellanas y continuar lo más lejos posible, hasta Mongolia, por ejemplo; seguir hasta volver a sentir la emoción de aquellos primeros paseos en los que, y esto también lo dice Gros, los senderos se abrían a mundos desconocidos y existía todavía una posibilidad de descubrimiento.

Al fin y al cabo, en todos mis viajes solo he querido una cosa y es situarme de nuevo en un lento atardecer en el que la luz y los pensamientos tiendan hacia el infinito, un espacio fuera del tiempo donde el cielo va enrojeciendo y el perro nunca se cansa de correr tras la pelota que rítmicamente le tiro. Los coches y las motos cruzan por la autopista, miles o millones de personas se dirigen a sus citas pendientes de la hora mientras yo, al menos por un momento, me siento al margen de la inmensa ciudad que expande una compleja retícula a mis espaldas. Tal vez solo desde un espacio así logre desprenderme del peso de la cultura y de la sociedad, solo de esa manera darme cuenta de que el anochecer intensifica los colores o que es el peso del aire el que azula las montañas que se pierden a lo lejos. Sentir una vez más, por primera vez, como la brisa despierta un calor tenue y reconfortante surge del interior de la tierra. Sobre todo en las noches de verano.

nostalgia

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Categorías:Asia Central, España, Europa, Madrid, reflexiones

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4 respuestas

  1. Me han entrado ganas de coger el coche, salir de la ciudad, irme al pueblo, aparcar el coche y, un pie detrás de otro, sin mirar atrás, perderme por el monte, que es lo que hago cada vez que puedo, más o menos por las razones que tú expones. Un lúcido artículo. Cordialmente.

  2. Joder, una vez mas me has hecho llorar con tus palabras, tan verdaderas y tan desde dentro como siempre….. Y que casualidad, esta noche he soñado contigo, te acerca as a mi cama y me decías suave: ” despierta rocio” , y desaparecias. A veces te echo tanto de menos que duele, y aquellos días y aquellos caminos . gracias por aquellos ratos. Te quiere, siempre, Rocio

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