Altái, las jodidas montañas del fin del mundo (IV)

 

La primera mañana que pasé a la entrada del parque nacional de Tavan Bogd estuve valorando si, después de la fría e insomne noche que acababa de vivir, me encontraba o no enfermo. Al final, y a pesar de que mi estómago no terminara de recuperarse (lo que no hizo hasta que salí de Asia Central), decidí que estaba bien y que, aunque francamente pocas, me quedaban las fuerzas necesarias para terminar aquella extraña experiencia en la que me había embarcado.

Según mi plan original, en ese preciso instante debería estar caminando hacia el campamento base del parque, lugar donde (si mis planes me hubieran salido bien) habría pasado una noche. Sin embargo, dormir en la alta montaña con mi lamentable tienda y saco era imposible, sobre todo si no quería sufrir algún tipo de congelación. Como no tenía ningún deseo de emular a Juanito Oiarzábal (ni a sus amputaciones), lo único sensato que podía hacer era quedarme allí, a la entrada del parque, lo que resultaba una aventura más bien triste. Mi único plan posible para salvar el tipo era buscar una yurta un poco más cálida para dormir aquella noche y, al día siguiente, a ser posible a caballo, podría acercarme hasta el campamento base, ver el glaciar y, después de dar mi viaje por terminado, volver de una vez a la civilización.

La yurta la encontré por un módico precio. Aunque al principio me pareció fantástica, sobre todo porque tenía una estufa donde podía quemar madera y mierda seca (los únicos materiales inflamables que se podían encontrar en aquel páramo), empecé a verle fallos enseguida. Tenía unos agujeros en las paredes bastante importantes y la verdad es que no parecía muy impermeable, lo que tuve la ocasión de comprobar la noche siguiente cuando durante horas no cesó de llover ni de nevar (y eso que era agosto). En cualquier caso no iba a morir de frío, así que podía darme por satisfecho.

Después de instalarme y comprobar que la estufa funcionaba, me di cuenta de que no tenía mucho que hacer el resto del día. En aquel lugar desolado no había tampocomucha gente con la que hablar. Los turistas tomaban aquel campamento de paso y los únicos que debían vivir allí habitualmente, los pastores tuvanos, resultaban tan fríos e inhóspitos como el paisaje que les rodeaba. Es verdad que también había un puñado de conductores kazajos que traían a los turistas desde Ölgii y les esperaban hasta que bajaban de las montañas, pero no hablaban inglés y no era fácil entenderse en turco con ellos. Además estaban más interesados en sus propias historias que en mi desdichada vida de turista (¿es posible unir las palabras desdicha y turista en una frase coherente? No lo sé). Aún así logré como pude mostrarles mi rico mundo interior y, cada vez que pasaban y me veían mirando impotente las montañas, me saludaban entre tristes y descojonados de la risa.

Llegados a este punto lo único que podía hacer en aquel lugar era darme una vuelta por los montes cercanos, y eso es precisamente lo que hice. Comencé a subir una pequeñas colina entre piedras y zarzas dejando a mi espalda una belleza vacía que habría inspirado a cualquier artista minimalista. Hice fotos, me paré a comer y, en un momento dado, sobre todo para escapar de mi mismo, me puse también a dibujar en las rocas imitando los petroglifos que había visto en el valle sagrado. Hay pocas cosas que ayuden más a drenar la mente de pensamientos que pintar, sobre todo si, tal y como lo hacía yo, te esfuerzas en no pensar en nada. Creo que era de esta manera automática como lo hacía Miró, y fue tal vez por eso por lo que me salieron unas cuantas estrellas y pájaros. Aunque también unas esvásticas, vete a saber a raíz de qué psicológicas oscuridades.

mongorock

Una de mis creaciones:  Esvàstica, ocell e don. Por ejemplo.

En realidad habría querido dibujar algo más. Dibujarme a mí. O más bien garabatearme hasta hacerme daño. A pesar de que al escribir estoy tratando de darle a todo esto un aire de aventura, lo cierto es que en aquel momento estaba agotado y harto de que no acabara de salir bien todo lo que había planeado. Ni siquiera entendía por qué mi mente, a la que a veces odio con todas mis fuerzas, conseguía separarme una y otra vez del paisaje que me rodeaba. Es una mierda pensar, y en este caso no precisamente seca. Así que para conseguir librarme de mí mismo hice lo de siempre. Coger el cuaderno y dibujarme con bocadillos de texto, tal que así:

psico1defdef

psico2noaguanto

psicoultimoamplia

Me hice más dibujos en el cuaderno, pero me dan bastante vergüenza así que creo que no los enseñaré nunca. En cualquier caso, como siempre que me río de mi mismo, caricaturizar mi desastrosa aventura me vino bastante bien. Después, un poco más relajado, seguí caminando por el páramo, recogiendo mierda seca para la noche y dibujando sobre las rocas. Mientras lo hacía, como si todo lo que estaba me pasaba en los últimos días no fuera ya lo suficientemente extravagante, me puse a pensar en ti.

Sí, sí, en ti, pero… ¿y quién eres tú? Pues no estoy del todo seguro, aunque seguro que tú si que tienes alguna idea. Tampoco sabía si mi gesto tendría alguna importancia en tu exitencia, la verdad, pero en cualquier caso, mi desbordante imaginación me llevó a pensar que, al igual que los petroglifos perdidos en el valle de Tsagaan Salaa, aquellos dibujos quedarían marcados en la roca para siempre. Y adheridos en su trazo tal vez un instante, un pensamiento o un deseo. Llámame ñoño o iluso, pero pensé que podría comunicarme con alguien, alguna vez, a través de aquellas extrañas imágenes. Y de todas estas palabras.

¿Qué más puedo decir? Puede que además de ñoño sea un tipo raro, ya he dado numerosos motivos para pensarlo. En cualquier caso, y esto si es cierto, con demasiada frecuencia me canso de ser, como Neruda. Y puede que también de estar, especialmente tan solo. Aunque dibujara y evocara a mis amigos, lo que me hubiera gustado de veras habría sido poder compartir aquel silencio. Y el frío. Y también el dolor de estómago, el cansancio y la hipocondría. Compartirlo todo, sobre todo la inmensa memez del mundo con la claridad con la que la percibía en aquel instante. ¡Cómo me habría gustado reirme del miedo y de la muerte, de las estructuras que nos creamos para olvidarnos del paso del tiempo! Y en parte lo hice. Aunque, no puedo negarlo, estando solo no resultó tan divertido como esperaba.

mierdasecaFINAL

No sé, a ratos pienso en que debería hacerme solidario. Un tipo comprometido, qué se yo. Para salvarme de la neurosis, digo. Y del torremarfilismo. ¿Y si dejo el drama? ¿Y la ironía? Aunque tal vez debería simplemente dejar de escribir este blog.

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