Altái (y V): la leyenda de Ergenekon

guia

La última mañana que pasé en el Altái me levanté temprano y alquilé un caballo para llegar al glaciar. El guía que me acompañó en esta postrer aventura era un chico de etnia tuvana bastante delgado, con la cara quemada por el frío y sin ninguna empatía (al menos conmigo). Desde el primer momento me resultó desagradable, pero seguramente tenía buenos motivos para estar de tan mala hostia. Apenas estaba abrigado para el frío (véase la foto de arriba) y para más inri tenía que llevar mi caballo amarrado todo el rato ya que (con cierta razón) no se fiaba de mi pericia para controlarlo. Por otra parte yo le estaba tocando un poco las narices. El caballo era demasiado pequeño para mí y como no había alargado los estribos para adaptarlos a mi altura (seguramente por vagancia), cada cierto tiempo tenía la necesidad de liberar los pies para no sufrir una rotura de ligamentos. Esto le hacía enfadar ya que al parecer era muy peligroso. Yo, en cualquier caso, seguía haciéndolo cuando no me miraba, pues prefería caerme y abrirme la cabeza antes de seguir sintiendo aquel dolor insoportable en las rodillas.

De esta manera, a trancas y barrancas, los caballos, el ensimismado chico y yo fuimos alejándonos del campamento y subiendo montaña arriba. Tras la cuesta llegamos a un inhóspito páramo desde el que se veían las bellas y aterradoras montañas a las que nos dirigíamos. Había hecho miles de kilómetros para llegar hasta allí, y ¿para qué? Pues puede que solo para ver si era posible llegar hasta el principio de todo, quizá de mi mismo. Y ya de paso para contar una fábula sobre el origen, que es lo que siempre había querido hacer como escritor.

Si vas a Turquía y preguntas al nutrido grupo de periodistas que andan por allí lo que significa Ergenekon, lo primero que te dirán es que se trata de la trama golpista con la que las élites militares querían acabar con el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan. Estas intrigas, que tendrían relación con eso que en Turquía se denomina como “Estado profundo” (que tal vez por su subterráneidad nunca he logrado entender del todo), pretendería provocar atentados y extender el caos en todo el país para justificar una nueva intervención militar. Y digo pretendería porque su existencia nunca pudo ser probada.

No me interesa demasiado la política, y el Ergenekon del que quiero hablar no tiene mucho que ver con esta supuesta trama golpista. En las leyendas de los pueblos túrquicos Ergenekon es, por el contrario, un verde y florido valle del Altái, una especie de paraíso perdido que, teniendo en cuenta el frío que hacía en aquel agosto, debía de andar muy lejos del lugar en el que me encontraba.

La historia que siempre he querido escribir comienza hace muchos siglos, en los mismos orígenes del mundo, y tal vez no demasiado lejos de donde me encontraba en aquel momento. Fue entonces cuando un poderoso clan nómada entró en guerra con los göktürks (los primeros turcos de los que ya hemos hablado en esta otra entrada) y en un momento de despiste asaltó su campamento dejando a su paso una orgía de muerte y destrucción. Los pocos göktürks que no murieron en la refriega fueron utilizados como esclavos, y esta era la suerte que habrían corrido los hermanos Nüküz y Kıyan si en el último momento no hubieran reaccionado con presteza. Con una rápida finta que ni el mejor futbolista del Galatasaray, estos prodigiosos hermanos se zafaron de sus cadenas, subieron a unos caballos que habían por allí y, espoleándoles con fuerza, emprendieron una rápida huida hacia las montañas. Eso sí, antes habían logrado agarrar a sus esposas, quien sabe si no de los pelos, que les acompañaron en toda esta aventura. 

De esta manera, Nüküz, Kıyan y sus mujeres (que hasta donde sé no tienen nombre), cabalgaron y cabalgaron por aquellas regiones desoladas por las que también andaba yo el verano pasado. Me los imagino muertos de frío y de hambre, pasando las noches en raso y tal vez teniendo que sacrificar a los caballos para seguir adelante. Debían estar ya a punto de perecer cuando llegaron a un lugar montañoso que les impedía continuar. Estaban atrapados y a su espaldas sonaba ya los tambores de los guerreros que los buscaban para matarlos, así que no les quedó más remedio que comenzar a subir por los riscos en un gesto suicida. Pero no estaban solos y la mítica loba Ashina, la madre mitológica de los turcos, andaba casualmente por allí y les ayudó en este difícil momento. Les enseñó una cueva para ocultarse de sus perseguidores y después un estrecho camino de cabras que subía zigzagueante entre oscuros barrancos y picos inexpugnables. A pesar de que estaban a punto de desfallecer, Nüküz, Kıyan y sus mujeres continuaron caminando como turcos aguerridos que eran (yo casi diría que estas dos palabras son sinónimas). Cuando pensaban que todo estaba perdido y que morirían sin remedio, el sendero se hizo más ancho y comenzó a descender hacia la otra vertiente de la montaña. Habían llegado a Ergenekon, un verde y paradisiaco valle en mitad de las montañas más inhóspitas de Asia Central.

Ya a salvo, nuestros infatigables héroes se asentaron en aquel lugar. Fuertes y machos como eran, Nüküz y Kıyan construyeron casas, cazaron animales y cultivaron las tierras fértiles del valle. Por las noches sus cansados cuerpos encontraban abrigo en sus mujeres, de manera que estas quedaron rápidamente encintas y dieron a luz a una nutrida descendencia. Estos niños y niñas, cada vez más numerosos, fueron creciendo orgullosos y fuertes alimentados por carne de caballo y leche de yegua fermentada (aún no se había inventado el döner kebab). Sorteando los problemas que suelen acompañar a la endogamia, estos niños crecieron y tuvieron a su vez otros niños que procrearon otros niños y así hasta que ya no se cabían en el valle de tantos prototurcos que había. Esto sucedió muchos años después de que Nüküz y Kıyan hubieran muerto, así que cuando los göktüks decidieron que tenían que salir de allí, nadie supo decir donde se encontraba el sendero que había traído hasta el valle a sus antepasados.

Este era un gran problema, pero como ya sabemos los turcos se crecen ante las dificultades. De esta manera, en lugar de explorar con cuidado las montañas hasta encontrar el camino, que era lo más fácil, se les ocurrió una idea mucho más grandiosa y que nos puede ayudar a entender la megalomanía de algunos de sus líderes actuales. Un herrero (profesión muy vinculada a los primeros pueblos túrquicos) se dio cuenta de que parte de aquellas montañas eran de hierro y que si hacían un fuego suficientemente grande podían fundirlas. Aunque parezca increible esa fue la solución que eligieron, así que cortaron todos los árboles que encontraron y se montaron una fogata que ni la de Seseña. Es cierto que podían haber perecido en el intento, pero su estirpe estaba destinada a perpetuarse. Tal y como habían planeado, el calor derritió parte de las montañas y dejó un agujero por el que los prototúrquicos, guíados una vez más por la loba Ashina, que nunca descuidó a su pueblo, pudieron salir de Ergenekon y volver a la estepa.

De esta manera los göktürks volvieron a sus antiguos pastos y se vengaron de aquellos que se las habían arrebatado. Una vez librados de sus enemigos, pudieron asentarse de nuevo en las estepas que fueron su hogar para después, como ya sabemos, comenzar su recorrido al oeste que les llevaría a Oriente Medio y Europa.

Después de contarme mentalmente esta historia y autosugestionarme hasta sentir la fuerza de la leyenda, mi guía y yo llegamos al lugar donde se veía con claridad el glaciar y las montañas. Aquello era lo más cerca del Altái que iba a estar nunca, así que bajé del caballo y me di cuenta de que, a causa del frío y la pequeñez de los estribos, las piernas no me respondían. Me senté en el suelo para tratar de recuperarme y sentí que todo estaba helado y húmedo a mi alrededor. Por si fuera poco, el viento que soplaba allí era francamente insoportable y lograba atravesar mis numerosísimas capas de ropa hasta helarme la carne. El guía decía que volviéramos, pero a pesar de que todo era hostil estaba determinado a sentir el que sin duda era el momento culminante de mi viaje. Así que haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí mis ojos para observar con cuidado las rocas, el hielo y los colores pálidos de la alta montaña. Comprendí tiritando por qué en la historia los lugares inhabitables y salvajes han sido siempre refugio de dioses y héroes legendarios. Y por qué las historias de guerra, incesto y fraticidio que aparecen siempre en el origen de toda cultura encajaban a la perfección en un escenario tan imponente como aquel.

final

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Categorías:Asia Central, Mongolia

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2 respuestas

  1. Y encontrarla, sí, por fin. Allí estaba, y mira que nos has hecho llegar a dudarlo. La épica al final del camino, ¿dónde si no?. Un espejismo que se hace real a medida que te acercas a él y te alejas de ti.
    Rozarla y volver y construir a partir de los retales que quedan, rápido, porque la posmodernidad no le sienta nada bien y Madrid está tan, tan lejos.
    Gracias por el relato, la aventuras, los espejos en los callejones del gato mongol y demás fantasmagorías inducidas por la indigestión.
    Y la pregunta obligada: ¿hacia dónde ahora, Hombrerrante?

    • Por ahora Madrid y los espejos del callejón del Gato. Seguro que nos veremos, como Max Estrella Y Latino de Hispalis, en cualquier taberna este verano, no?

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