Antes de la revolución

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Postal de Bitola (Monastir) hacia el año 1900.

A principios del siglo pasado el mundo era bastante diferente al lugar en el que vivimos hoy en día. No había televisión, ni teléfonos móviles, ni internet. Tampoco frases inspiradoras en las tazas del desayuno ni gente haciendo cola el primer día de rebajas (ya que ni siquiera existían las rebajas). El cambio climático, la inmigración y el terrorismo no eran temas relevantes y, al contrario que ahora, la mayoría de la gente no estaba obsesionada con el fútbol, con ser feliz o con engordar. A principios del siglo pasado se confiaba en el futuro, en Dios, en la patria y, aunque la sanidad era bastante peor que en la actualidad y uno podía morirse por cualquier tontería, no existía esa sensación de vacío que a veces tenemos al levantarnos. O casi.

Respecto a la política, a principios del siglo XX Estados Unidos no pintaba tanto como ahora y más bien eran Francia e Inglaterra las que lo petaban. Entre las dos se habían repartido el globo sin dejar ni un pedazo a Alemania, lo que al final traería consecuencias funestas, como todos sabemos. En el resto de Europa las cosas no iban tan bien. Portugal y España debían de andar en alguna de sus crisis estructurales, Italia se mostraba tan orgullosa como inconsistente y Rusia se mantenía anquilosada y amenazante bajo el gobierno de los últimos zares. Como ahora, más o menos. Solo al este, en los Balcanes, las cosas parecían estar cambiando muy rápidamente. El Imperio otomano, que durante los siglos pasados había llegado a sitiar Viena y amenazar Italia, hacía tiempo que ya no daba miedo a nadie. Además, llevaba años desmembrándose a causa del auge del nacionalismo y si aún se mantenía en pie parecía ser porque las potencias europeas aún no habían encontrado una buena manera de repartírselo. Con ayuda de los ingleses, en 1829 Grecia se había independizado de los turcos y en 1878, apoyados en este caso por Rusia, había pasado lo mismo con Serbia, Rumanía, Bulgaria y Montenegro. En 1908, el momento en el que empieza nuestra historia, parecía quedar poco tiempo para que Austria o Rusia se abalanzaran sobre las pocas provincias que aún retenían los turcos en Europa: Tracia, parte de Rumelia, Macedonia… Y aquí me detengo. Pues es a este punto al que quería llegar.

El relato que quiero contar comienza pues a principios de julio de 1908 en la actual república de Macedonia. Exactamente en Manastır, conocida como Bitola hoy en día, y en aquel momento aún bajo el control de los turcos. Lo que en la actualidad es un lugar muy poco visitado por los turistas, era entonces un importante centro político y económico y capital de una de las provincias más ricas del Imperio. En aquella época las mezquitas no estarían como ahora, medio abandonadas y empaquetadas entre grises bloques de viviendas de la época socialista. Entonces llamarían a la oración sus cinco veces al día, probablemente con lleno absoluto. También había iglesias y edificios de estilo europeo, un bazar turco y un buen número de cafés y oficinas consulares. En su arteria principal, Shirok sokak, se escucharían el turco y el francés, el macedonio y el albanés. Aunque no por mucho tiempo.

En la noche de principios de julio de 1908 en la que empieza esta historia, el comandante İsmail Enver estaba a punto de emprender algo grande. Los libros de historia dicen que una revolución, aunque a lo mejor en un principio no fue más que una simple huida. Enver tenía entonces veintisiete años y un bigotazo turco. No era alto ni fornido, tampoco guapo, y sin embargo tenía carisma. Hasta aquel momento su vida había transcurrido entre Estambul, su ciudad natal, y Manastır, donde su familia se había mudado a causa del trabajo de su padre. Fue precisamente en esta capital de provincias donde Enver había empezado su carrera militar (que no me atrevería a definir como exitosa), exactamente en la Escuela Militar Superior, un imponente edificio que aún se conserva. En esta escuela, ahora museo de Bitola, estudiaron muchos de los militares que influyeron en la formación de la república turca. Entre ellos el más importante, Mustafá Kemal “Atatürk”, que a pesar de ser de la misma edad que Enver iba a unos cursos por detrás. Sin embargo, mientras Atatürk tiene una habitación dedicada a él solo en el museo, no queda ni una pequeña placa que recuerde el paso de Enver por esta institución. Ni aquí ni en ningún otro lugar de la ciudad.

Pero no nos desviemos. Seguimos a principios de julio de 1908, en Manastır, la actual Bitola, más conocida por su sobrenombre de “ciudad de los cónsules”. De madrugada, İsmail Enver, el joven comandante del tercer ejército del imperio Otomano, debió de abandonar el cuartel acompañado de unos pocos soldados. Y escribo “debió” porque no sabemos si Enver se marchó de noche ni con cuantas personas iba. Lo importante es que Enver huyó, y no se puede negar que es mucho más impactante si lo imaginamos en una madrugada balcánica y oscura, algo fresca, pues aún no se había empezado lo del calentamiento global. En un cielo sin nada de contaminación las estrellas debían de ser casi infinitas y dar una profundidad emocionante a la imagen. Desde alguna callejuela oscura de Bitola, mirando la inmensidad de la noche, estaría Enver esperando a que llegaran sus hombres. Cuando estuvieran todos, Enver les haría formar y con un gesto les indicaría que se prepararan para partir. Y así lo harían. En silencio. 

Hace más de cien años la vida no era como ahora. Puede que resultara mucho más difícil, sobre todo para un soldado raso del ejército otomano. Me imagino a aquellos jóvenes mlitares mal alimentados, con los pies doloridos por la dureza de las botas, vestidos siempre con ropas demasiado gruesas y pesadas que exhalarían un eterno olor a sudor. En cualquier caso, esta historia, y la del final del imperio Otomano, comienza con estos jóvenes militares caminando por las calles de Manastır en una oscura noche de principios de julio de 1908. Enver iría delante, aparentando seguridad. Manteniendo el paso marcial, llevaría a sus hombres hasta un pequeño camino que se dirigía hacia el oeste, a las montañas. Es importante visualizar esas montañas, que aparecerán más adelante en esta historia. Por ahora son solo unos picos oscuros recortados frente al cielo saturado de estrellas del que antes hablábamos. El grupo comenzaría a caminar hacia ellas y la madrugada se llenaría con el sonido de sus pasos y sus respiraciones agitadas. Cuando se encontraban ya a unos kilómetros de la ciudad, también con el Allahu akbar y esa retahíla flamenca de las e ilahás que marcan el inicio del día en los países musulmanes.  Entonces aún no había forma de amplificar el sonido y era el propio imán el que gritaba a viva voz desde lo alto del alminar. Seguramente lo haría con más sentimiento  y autenticidad que ahora, pero sin duda con menos potencia, así que la oración se perdería entre las rocas y los bosques, hundiéndose en el pesado sonido de la marcha.  El día llegaría pronto y aún les quedaba mucho que recorrer, así que los soldados se detendrían  apenas un momento para beber de sus cantimploras viejunas y hacer unas breves oraciones.  Enver también rezaría, el primero de todos, con seguridad. Después, todo este grupo de rebeldes se volverían a colocar sus pesadas mochilas y, sin un mínimo gesto de contrariedad, proseguirían el camino hacia las montañas. 

(Continuará) 

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İsmail Enver, el campeón de la libertad, en una foto de la época.

 

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Categorías:Turquía

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3 respuestas

  1. Que interesante historia. Espero la siguiente entrega.
    Saludos.

Trackbacks

  1. El futuro en los posos del café
  2. ¡El blog cumple 10 años!

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